Por Kike Dordal
Esta reducción, impuesta publicitariamente por uno de los más influyentes partisanos del poder económico,
camuflado de dirigente político interesado en los problemas de “la gente”, no
hace más que tratar de instalar en la opinión pública la idea absurda que pone
a la política y sus acciones como una mera disputa entre dos personas,
arrogándose “él” la representación del “vos”.
No es el único. Casi todos los que hoy se autoenvisten de opositores a
la actual gestión de gobierno, con mínimas y honrosas excepciones, intentan
argumentar posiciones con simples reduccionismos y simplificaciones
demagógicas, en lugar de sostener sus
argumentos en las verdaderas deudas o falencias de este período, que como las
brujas, las hay. Parecería que a lo que en realidad se oponen es otra “cosa”,
pero que si lo expresaran con claridad, no los votaría nadie, parafraseando al
autodidacta riojano de los noventa.
Tanto la Argentina como toda
Latinoamérica viene desarrollando desde hace más de una década una serie de
cambios que, con mayor o menor profundidad y éxito, intentan revertir nuestra
historia de explotación, injusticia, saqueo, discriminación, genocidios y
silenciamientos. Nada menos. Las herramientas que cada una de las naciones
decide utilizar están íntimamente ligadas a sus historias y a sus pueblos, lo
que deriva en esta cierta y veraz sensación, expresada hace un tiempo por Cristina
Fernández, de gobiernos que “cada vez se parecen más a sus pueblos”.
En la Argentina en
particular, este proceso se viene llevando desde el año 2003, más precisamente
desde el 25 de mayo de ese año, momento en que asumiera la presidencia Néstor Carlos
Kirchner, fallecido el 27 de octubre del 2010. El cambio al que hacemos mención
está profundamente atravesado por la historia y por las características
socio-culturales de nuestro pueblo. Debemos aclarar que, la comprensión de los
términos en los cuales nuestra historia condiciona las políticas del presente
no serán encontradas en la historia tradicional mitrista que, aún hoy, sigue
siendo el eje principal de nuestro sistema educativo, sobre todo en sus
primeras etapas, ya que las zonceras nos las inyectan “de chiquitos y en dosis
para adultos”. Encontraremos estos condicionamientos en otra historia, la que
escriben los que no ganan.
En el estudio y análisis de esta
historia escrita por vencidos y no por vencedores se puede advertir que la gran
mayoría de las gestiones de gobierno desde la Primera Junta de mayo de
1810 hasta el presente han dictado y
ejercido políticas que favorecieron, en diferentes grados, los intereses de los
poderes económicos de cada época, utilizando como recurso de estos favores la
explotación de nuestros hombres y mujeres y el uso indiscriminado de nuestros
recursos naturales. Este esquema básico tuvo como consecuencia la producción de
grandes sectores sociales con escaso acceso a los recursos mínimos para la
supervivencia y de otras minorías con excedentes, a veces, inmanejables. Una pequeña
parte de las gestiones del ejecutivo en el período mencionado, propuso y
ejecutó políticas que tenían la intención de reducir la brecha entre estos dos
sectores sociales creados conforme a la decisión tomada de instalar esta forma
de organización política de la neonata Nación. Todas las administraciones
políticas de estas pocas gestiones, sin importar el grado de reducción de la
brecha que lograran operar, ni mucho menos, el
color político que las impulsara, fueron expulsadas en forma violenta
del poder y sus defensores perseguidos y asesinados por empleados de buena paga
sostenidos por el poder económico de turno. Lo que no hizo ninguna de las
gestiones de gobierno a lo largo de nuestra historia como nación independiente,
es intentar cambiar el esquema básico de organización política, simplemente o
se aprovecharon de él o intentaron hacerlo más justo, más equitativo con una
fuerte reducción del daño. Es estos menesteres, el peronismo primero y el
Kirchnerismo hoy han sido, sin ninguna duda, los más eficientes a la hora de la
justicia social y el reparto de la riqueza. Pero la profundización y la
sintonía fina en la construcción de justicia social lleva, indefectiblemente, a
otra cosa. Esa “cosa” es el gran dilema para “Tirios y Troyanos”.
Desarrollando “La
cosa”
No
hablaremos de la novela de Campbell Jr. , sino de otra “cosa”.
En el
momento en que decidimos entender las razones por las cuales alguien envía
aviones a bombardear una Plaza de su propia Nación, sin que haya guerra ni
ningún enfrentamiento bélico que lo justifique en esos términos, provocando
casi 400 muertes, o asesina y desaparece a 30.000 vecinos de su propio país, en
ese momento comienza a dibujarse “la cosa”.
Hechos tan violentos de nuestra
política interna como los mencionados, a los que se les podría sumar los
fusilamientos de obreros de principios de siglo dejaría a tantos luchadores
asesinados sin sentido sino tomamos sus muertes como premisa y bandera para el
análisis. En el final del segundo período gobierno peronista, previo a los
bombardeos, como luego de la muerte de Perón y el final del tercer gobierno
peronista, con la mas feroz de la dictaduras, tanto como en la actualidad,
encontramos presente esta “cosa” de la que tantos parecen no querer hablar.
Plantearse profundizar la
justicia social y la equidad no puede tener un límite y, si lo tiene, es la
propia injusticia social o la inequidad
en términos más moderados. Habrá menos pobres, pero los habrá. Habrá menos
injusticias, pero las habrá. Habrá menos de todo lo malo, pero lo habrá. Si
algunos deciden conformarse con enormes y profundas mejoras e intentar
sostenerlas y resistir los embates del poder económico por volver a las
fuentes, ese conformismo los llevará, indefectiblemente al retroceso, por el
desgaste y sobre todo, por la diferencia de herramientas y de escrúpulos a la
hora de usarlas. Si en cambio se decide avanzar en la profundización, tanto
hasta que desaparezca la injusticia social y la inequidad, esa decisión lleva
inseparablemente unida a ella la necesidad de cambiar el esquema básico de
organización social, ahí, precisamente está “la cosa”. Cambiar el sistema.
Cambiar los métodos de producción, junto a los hábitos de consumo. Cambiar los
mecanismos de reparto de la riqueza y por ende el sentido de la propiedad,
sobre todo de los recursos naturales y su aprovechamiento. Siguiendo a esto,
cambios culturales y sociales, realmente profundos. Esto, en nuestro país,
jamás siquiera se planteó desde una gestión. La violencia extrema apareció cuando la realidad
política y social dejaba dos caminos posibles, o volver a las fuentes o cambiar
el sistema, ésa es “la cosa”. No caminar hacia una Revolución, sino,
revolucionar, subvertir tanto el poder como sus consecuencias. Este debe ser un
objetivo, de lo contrario, volveremos a los periodos seculares de nuestra
historia, donde pequeños logros son seguidos de violentas y crueles derrotas.
Lo que debe defenderse del
Kirchnerismo es lo que sus detractores no se animan a expresar. Arturo
Jauretche colocaba el mapa de la
Argentina al revés y, con esta metáfora, intentaba explicar
que hay otra forma de ver y hacer las cosas. Aunque no todos las hayan hecho de
esta manera, eso hizo el Kirchnerismo en 10 años. La decisión de defender y
avanzar para transformar el sentido de las cosas o de volver a las fuentes, no
es una decisión ni del oficialismo, ni de sus detractores, es una decisión del
pueblo libre organizado. El enfrentamiento con los organismos financieros
internacionales, la defensa de los Derechos Humanos y el camino hacia la
nacionalización de los capitales junto al reparto de la riqueza no son solo
medidas de una gestión de gobierno, sino la antesala para una nueva forma de
administración, donde el norte sea el sur y el sur sea el norte.
No hablemos de otras "cosas", luchemos por ésta.