por Kike Dordal
Todos los
actos que haga en lo que queda de mi paso por este escenario enorme y bello
debe estar destinado a favorecer el largo proceso de liberación de los pueblos.
No sé
cuando tomé esa decisión, ni cuánto tiempo hace. Se fue tomando sola en la
medida que uno va comprendiendo el mundo, ese enorme teatro en donde unos pocos
disputan cartel mientras muchos, todos los dueños del teatro, de su
escenografía y de sus recursos, asistimos atónitos a un espectáculo de malísima
calaña pero que insume altísimos costos y deja a muchos afuera. Incluso se
vende el espectáculo como si fuese una maravilla y, en ocasiones, nos matamos
entre nosotros por entrar.
En ese
panorama resulta muy difícil saber cuáles son las acciones que van en el
sentido de la revolución y cuáles no. Incluso a veces nos sentimos a contramano
de este mundo de espectadores confusos que pelean por una fila más adelante, o
a contrapelo, o a contramarcha o a contra de algo, quién lo sabrá. Pero como si
este mundo no fuese nuestro. Como si no fuésemos parte de él, pero sin dudas
aquí estamos y somos parte. ¿Entonces?
Parecería ser
que el rumbo se ha perdido. Que la brújula indica el NORTE con exagerado margen
de error. Que quienes parecen amigos nos conducen, con alguna comodidad, al
propio infierno de la dependencia. Que otros se venden por una moneda, o por
muchas, más. Y eso confunde. Desalienta. Nadie marca el rumbo, ni aún los que
creen saberlo, no saben que se equivocan. Que el enemigo ha marcado muchos
rumbos, todos los visibles los ha cooptado. Los dirige. Los contamina. Los
corrompe. No importan los nombres y apellidos. Ni si fue mucho o poquito. Ni si
hizo o no hizo. Lo que importa es que el enemigo de los pueblos entró. Los
penetró y está adentro como en la antigua Troya. Y eso nos dispersa, nos
confunde, nos asusta, nos retrae. Miro las multitudes que se conglomeran detrás
de una consigna que ya no tiene sentido, más que por una que otra nostalgia y
mucho de vestuario. Vestuario que esconde, o escondía, con más o menos harapos el
“bestiario”. Pero esas multitudes somos nosotros. El pueblo, el que quiere
liberarse y no lo quiere hacer solo. NO ES EL ENEMIGO, es el espejo en donde
nos miramos y nos vemos, de ambos lados. La bronca y el odio deben conducirse
en otro flanco.
A nuestra
América le pasa algo similar. Excepto Bolivia y Cuba que siguen siendo Faro del
rumbo. En el resto la derrota es hoy el banderín de los demócratas. Los recursos están acá con
nosotros el problema para el poder es que estamos precisamente nosotros,
pueblos, gentes, personas que ocupamos lugar, usamos recursos y a veces, nos
organizamos y con algunos acuerdos les impedimos llevarse lo nuestro, o corrernos hacia la nada o matarnos. Pero
sólo a veces.
Nos van a
seguir guerreando sin descanso. Han conseguido reconquistar muchos espacios y
mucho poder y lo van a usar en contra de las grandes mayorías. No está mal que
vayamos a una plaza a despedir a quien consideramos nuestro afecto, pero creo,
no es hora de despedidas o de nostalgias. Nadie se va a esconder y a esperar,
¿o si?.
No es tiempo. No es tiempo de pelearse por una fila
más adelante para ver el espectáculo más cómodo. El espectáculo terminó. Nos
quedamos afuera junto a las mayorías y no queremos entrar. Queremos luchar para
que los que quedaron dentro y los que quieren entrar no nos empujen al abismo
de la exclusión y su consecuente fin.
Vayamos a
la plaza, por lo que sea, pero hablemos, hablemos del futuro, del pasado, de su
diferencia que matemáticamente somos nosotros. Organicemos, no la resistencia
sino la charla, que es mucho por ahora. Pero no despidamos a supuestos héroes
porque no los son. Son pueblo que luchó y si se creen héroes se irán, entonces
no hay que despedirlos. Nadie tiene que volver, sino seguir luchando y sentirse
parte en cualquier tiempo y lugar.
Si no, nos
iríamos todos a esperar 4 años y listo. Pero no es lo mismo esperar en el
abandono y la miseria que en la comodidad “conquistada”. ¿O el esperar también
tiene privilegios?
Tiempos
complejos vivimos hace tiempo. Si estamos a la altura nos encontrara juntos,
mirándonos a los ojos y dispuestos a escucharnos, tratando de entender mejor el mundo, formándonos para ser mejores, sabiendo que lo único que nos
une es el deseo de libertad para todos y todas. Sin mezquindad. Sin apuro. Sin
mentiras.
El camino se borró. Ni huella pa andar nos queda.
Con el culo en el pasto de nuestra patria y las
patas en la fuente de la nostalgia, empecemos a dibujar los nuevos mapas donde
nadie, pero nadie, se quede arafue.

Ejemplificante y didáctico, prueba de sinceridad y sapiencia.
ResponderEliminarAlejandro Antonio Segué, cumplo en difundirlo.