“Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Mande copia a sus amigos; nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El Terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad”. (Rodolfo Walsh)

viernes, 21 de noviembre de 2014

Gasto público, derroche privado…

por Kike Dordal

      Desde que nuestros cipayos bronces de la generación del `80 pensaron esta Nación, quedó acuñado el concepto de “gasto público” como una suerte de parámetro a cuidar porque fácilmente podía convertirse en un enemigo. Lo que nunca explicaron es porqué no todo gasto público es gasto público. Y así nació la desigualdad. Y un diario nos la explicó.
     
     Ya para cuando la patria cumplía un siglo y medio de vida, un hombre, un militante, un historiador, un escritor comenzó a deshacer el entramado que el diario de la “Tribuna de doctrina” explicaba como natural, o lo que es peor, lo tergiversaba. “El problema de la Argentina es la extensión” decían las sabias letras, que supieron reinvertarse en los `70 y la dictadura la recreó sentenciando: “Achicar el Estado es agrandar la Nación”. Don Arturo Jauretche llamó “zonceras” a estas sentencias implacables desde las cuales se parte para justificar medidas de gobierno pero que, al analizarlas su veracidad se escurre como agua entre los dedos.

      Cualquiera puede imaginar que lo que un Estado gasta debe estar en equilibrio con lo que le ingresa. Y entender que “gasto público” es todo, todo, lo que gasta ese Estado. Términos como “achicar” o “ajustar” refieren claramente a la necesidad de volver a ése equilibrio, pero también se ha creado una impronta en el imaginario colectivo que cree que el fusible de ese “ajuste” es solo una parte del gasto y que, indefectiblemente, se vincula con el dinero que reciben las mayorías, en servicios, en programas, etc.. Pero la dimensión de lo que el Estado eroga es infinitamente más amplia. Y ahí se esconde la zoncera.

      Las obras públicas como las bicisendas, las plazas secas, las fuentes –como la supuesta réplica de las cataratas del Iguazú – los edificos para oficinas nuevos o refaccionados componen una parte enorme del gasto estatal, como así también los sueldos, viáticos y gastos de representación de los funcionarios de los tres poderes. No escapa a esta inclusión también los “estímulos a la producción” que reciben algunos sectores empresariales, los subsidios al transporte y a las empresas privatizadas de servicios. Los pagos de obligaciones adquiridas por préstamos o bienes también son parte del gasto público, entre otros gastos.

      Sin embargo siempre que se habla de “ajuste” o “reducción del gasto” las palabras que se utilizan y sus significados nos dirigen a otras categorías de gastos que no son las mencionadas, como salarios de trabajadores, jubilados, beneficios y programas sociales, presupuestos educativos, de salud, de vivienda no solo operando como recortes en los casos más feroces sino como “congelamiento” o incrementos por debajo de los índices de inflación que, sin duda, es una forma solapada de recortar. Pero, con más o menos filo, la tijera recorta siempre la misma tela. Lo curioso en que estos “ajustes” no terminan nunca de resolver la crisis que los originó y si, es cierto, las arcas de los que no entraron en él, crecen desmesuradamente. Otra vez la desigualdad.

      No solo en el reparto de la riqueza está la llave para la equidad sino también en el reparto de los ajustes. Conceptos como “Que la crisis la paguen los de arriba” o “financiamos la fiesta de otros” toman dimensión y bordes claros cuando se analizan estas zonceras sin tiempo. Las crisis parecen permanentes y las soluciones a ellas son siempre las mismas, aunque no solucionen. La secularidad del engaño parece no tener fin.

      La desigualdad tiene su madre, padre y hermanos y hasta abuelos. De los pueblos depende que no tenga hijos ni nietos. Parafraseando a Paulo Freire, las cosas no son así, están así. Y aunque haga muchos años que estén, nada indica que no puedan cambiarse. 

      Salgamos a la calle, a las plazas, a los bares, en las esquinas. Charlemos, miremos a nuestros vecinos, compartamos problemas, visiones, temores. Otro mundo es este mundo. Y ese nuevo mundo no sabe de mezquindades. No somos una suma de individuos, somos manada. Lo que le pasa a uno, le pasa a otros. Nadie sufre solo. Nadie se salva solo.



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