“Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Mande copia a sus amigos; nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El Terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad”. (Rodolfo Walsh)

miércoles, 12 de noviembre de 2014

De Bartolomé Mitre a Luciano Arruga


Por Kike Dordal

Sectores opuestos que claman por justica. Ambos contra el mismo victimario: “La madita policía”. Unos por mucho otros por poco. Y la historia que pendula. Asimétrica. Porque los muertos y los culpables son casi siempre pobres y morochos. Y la solución no llega, para nadie. El perro nunca se muerde la cola.


Una enorme columna de gente peregrinó desde la central de la Policía Federal, previo acto de repudio a su accionar, para luego marchar atravesando la ciudad y dirigirse hacia la central de la misma fuerza, pero provincial, en la ciudad de La Plata. La emblemática “bonaerense”, más conocida como “La maldita policía” y otrora pretendida, sólo en el símbolo, como “la mejor policía del jundo”.

“La gorra que rebalsó el vaso” fue la consigna de la convocatoria junto al lema “Ni un pibe menos” en el marco de la Campaña Nacional contra la Violencia Institucional. Pavada de convocatoria. La respuesta fue masiva, no tanto para algunos medios.



Cada uno de los que marcharon llevaban en su imaginario una figura común, el policía del “dedo nazi” y una institución que avala y premia su accionar en un sistema que los necesita como herramienta. Tanto como al sistema judicial que, a la hora de buscar pruebas, hace alarde de su ceguera. El esquema está bastante claro.

Existe otro sector en la sociedad que observó atentamente esta situación. Sector que, de otro modo, pero también clama por justicia. Grita, enfervorecido, ante la primer cámara que encuentra ”Matalo, matalo a ese negro hijo de puta, un chorro menos”, “Basta de inseguridad”, es la consigna que los liga. Sin dudarlo elijen la muerte, no de ellos por supuesto, ante la mínima posibilidad de perder un bien.

También cada uno de ellos lleva en su imaginario una o varias figuras en común, a la del “negro, pobre y chorro” se suma la del policía corrupto, junto con los jueces de las supuestas “puertas giratorias”. Esquema en que todos los problemas se solucionarían con los pobres lejos, presos o mejor, muertos.
Hace años que la historia con las fuerzas de seguridad pendula entre el gatillo fácil y la mano dura y el respeto por los derechos humanos. Péndulo irregular, absolutamente volcado hacia la mano dura. En esta rueda asimétrica es obvio que no están ni las causas ni, mucho menos, las soluciones. El perro sólo persigue su cola, no una solución.

Si el vertiginoso girar de esta rueda, que siempre reparte miseria y muerte hacia el mismo lado, permitiera ver algo más que causas y efectos que giran y nunca aportan una solución, tal vez, se haría visible que detrás de ella existe otro poder, que supera al de la policía o a cualquier otra fuerza de seguridad.

Sin duda o primero que se viene a la mente es el Estado, expresado con más precisión, a quienes tienen a cargo administrarlo, es decir, los gobiernos que todo indica, al parecer, fueron elegidos por todos y todas. Sin duda son un poder superior a las fuerzas de seguridad, pero poner la vista sólo en ellos parece no alcanzar. No explican todo. Como si hubiera algo más.
Los gobiernos hoy parecen ser, tanto desde Obama hasta el estado más pequeño, sólo meros administradores de las matemáticas financieras locales y de las aritméticas electorales en ciclos de dos años. La geometría parece ser una ciencia en manos de otros.

Esa geometría que involucra decisiones sobre los grandes caudales de dinero producto del trabajo del los pueblos, el uso de las inmensas extensiones de tierra de nuestro planeta y sus recursos, todas estas están en manos de otro poder. Un poder que no eligió ningún pueblo. Que se constituyó y se fortalece con la acumulación de dinero que producen otros y para ellos reparte injusticia, pobreza y muerte.

Es este poder en definitiva el que asesinó a Luciano Arruga y a tantos otros. Y en algún lado puede encontrarse cierta y perversa lógica. Todo poder defenderá los intereses de quien lo constituyó y de quienes permitieron que se constituya. La acumulación desmedida de dinero, la corrupción, la explotación, la evasión impositiva, el narcotráfico y el crimen son las herramientas que construyeron ese poder y lo sostienen y es en esa sintonía en la que el poder actuará. Ese poder al que se lo suele llamar “Poder Fáctico”, porque se constituye con hechos y no por voluntad de los pueblos.

Sólo cuando efectivamente el pueblo y sus intereses y necesidades sea el verdadero constituyente del poder, encontraremos ahí un poder constituido capaz de repartir justicia y bien vivir para todos. Tanto en nuestra Democracia como en nuestra Constitución este mecanismo de construcción de poder no está garantizada, sino todo lo contrario. Es que quienes crearon nuestra Nación decidieron que el poder no sería del pueblo, ni mucho menos para él.

Nuestros bronces, ideólogos de la década de 1880, decidieron y así lo escribieron, que la independencia sería sólo un acto administrativo, la democracia un acto aritmético y la justicia sólo un símbolo. Pero hubo otros, que derritieron el bronce, se pusieron junto al pueblo y lucharon. No ganaron, pero marcaron con claridad el camino hacia la definitiva emancipación de los pueblos.

Y en ese camino andamos. El de la Independencia, el de la unión de los pueblos libres en sus tierras, y con todos nuestros mártires en las banderas. Como Luciano.

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