“Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Mande copia a sus amigos; nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El Terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad”. (Rodolfo Walsh)

lunes, 6 de agosto de 2012

La justicia, para nosotros.

      La justicia, para nosotros, tiene el sabor de los mates de Amy, de los sandwiches del kiosco de los Tribunales de Retiro, de los caramelos que pasan de mano en mano para repartirlos en las audiencias. 

      Tiene el sonido de Carlos gritando el presente por todos los compañeros, en cada juicio. Es el ruido del grito colectivo ante cada condena, cada instancia de reparación para el pueblo y la historia. 

      Tiene el color del Grupo de Arte Callejero, que pone sus manos para seguir señalizando, ayer dónde vivían los genocidas impunes, hoy dónde están siendo juzgados. También tiene el color blanco, de los pañuelos de las Madres de Plaza de Mayo, y los colores de todas las banderas de las organizaciones, que se agitan en cada acto en los Tribunales. Son las banderas del pueblo que sigue luchando por más y construyendo Juicio, Castigo y Alegría. 

      La justicia tiene el olor de la pintura que usamos para marcar las calles, para indicar dónde se juzga a genocidas. Tiene el olor del asfalto sobre el que escuchamos y vemos cada sentencia. Ahí saltamos, bailamos, nos abrazamos. Porque acá se juzga a genocidas. 

      La justicia se siente en el cuerpo. Cada vez que vamos a una sala de audiencias y compartimos un testimonio. Cada vez que nos agrupamos, nos agarramos las manos, apretamos los dientes y los ojos, hasta escuchar: culpable. Se siente en los abrazos, el llanto, el baile, el festejo, la ausencia, el encuentro. 

     La justicia es mucho más de lo que conocimos hasta ahora. Ya dejó de ser lo opuesto a la impunidad y pasó a ser el cambio trascendental de nuestra historia colectiva. 


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